Swamp Black

-I-

El Bosque del Oeste.

SWAMP BLACK

          -Domingo, 7 de marzo de 1692, el día de hoy el condado de Essex se reúne para juzgar a Swamp Black por las acusaciones de Herejía, Brujería, Asesinato y todo aquel delito que se le compruebe- Sonaba con eco la voz carente de aire del viejo juez Adams cada vez más viejo y enclenque, con un caminar débil pero fuerte y tenaz, inclusive cruel, a la hora de ejercer una justicia falsa, como en el día de hoy.

          Recuerdo que ahí estabas tú, te veía con el rabillo del ojo, empeorando el olor de Essex de humedad, muerte y tragedia, desde que estás conmigo el olor se ve acompañado de fragancia a agua estancada y putrefacción. Sólo observabas, sin hacer más. Nunca hiciste algo, solo me veías con rareza y te alejabas de mí. Pero desde el día en que te encontré, dejaste de huir y empezaste a seguirme a todos lados, me perseguías hasta en sueños.

          Por primera vez te vi feliz, al parecer, gozabas del hecho que estuviera al centro del juzgado, tus facciones mostraron la sonrisa que jamás vi. Sentías Alegría de que fuera juzgada, te divertía el hecho de que estuviera encadenada y golpeada. Reías al escuchar los susurros de la gente sobre como debían de castigarme, mutilarme o inclusive matarme. Adelante, quédate a ver como busco huir de este sucio lugar, desesperada, con el corazón martillando mi pecho.

          Hace un mes moriste, ese día estaba lejos de casa, había salido a recorrer el bosque del Oeste, aquel del cual me advertiste no visitar, -ese bosque sólo trae tragedia y tormentas- pronunciabas con una voz arisca señalándolo con desdicha.

          El cielo estaba repleto de nubes, nubes de un gris oscuro, pesadas, ni siquiera se veía un resquicio de cielo. Como siempre en Essex, sin importar la hora, nunca ibas a ver un rayo de Sol, la ausencia de calor no dejaba que el rocío se evaporará, al contrario. Essex siempre tenía niebla, fangosa, no dejaba ver nada. 
 

          Ahí estaba yo, aguantando la humedad y las ganas de huir de este maldito condado. Un viento frío empezó a soplar, lo odiaba, el aire solo hacía que el hedor de este pueblo penetrara la nariz. En Essex no hay luz, no hay viento fresco, ni siquiera hay felicidad. Solo una fría humedad que nunca se va, tragedias que pasan, madera podrida y lodo. Essex era un pantano del cual no se podía salir.

          De pronto, el viento trajo a mí el único olor agradable: Petricor. Con ello, empezaron a caer pequeñas gotas del cielo, que rápidamente, crecieron hasta formar una tormenta. Me dispuse a ir a casa, el camino era pesado, resbaloso y lleno de obstáculos. El antiguo camino era la única forma de entrar y salir del bosque del Oeste, nadie venía. El pueblo de Essex es famoso por repudiar ciertas cosas, en especial a las que temían, el bosque era una de ellas.

          Por eso mismo me gustaba ir ahí, después de todo yo les causaba lo mismo. Nunca fui bien recibida en Essex, ni por su gente, ni por mi madre. Inclusive, vine a este mundo sin un padre, al menos es lo que siempre me dijo Maria Black cuando preguntaba por él.

          Cuando llegué a ese lugar fangoso, más bajo que todo, en medio de dos colinas que no permitían que nadie marchase, ni siquiera el agua. Entre a casa agarrando mi vestido para que no se mojará. Ese día la lluvia hizo crecer el nivel del agua un poco más. Flotaban pequeñas cosas regadas, me extraño el hecho de encontrar cacerolas y platos rotos en medio de lo inundado.

          Mi madre nunca fue cálida, era extraña y reservada, pero siempre fue tranquila. Me repudiaba, y aun así, jamás mostro una ira exagerada. Atravesé como pude el agua hasta llegar a la cocina y ahí; justo ahí. El agua que manchaba la tela de mi vestido se tiñó de rojo oscuro.

          Entre los platos rotos y el fango te encontré, estabas boca abajo y las heridas de tu cuerpo no se veían frescas, ni siquiera limpias. Te veías golpeada, más que yo ahora. Tuve el valor de voltear tu cuerpo, en tu rostro no se veía tranquilidad, solo encontrabas a una mujer perturbada, espantada, muerta.

          No llore, eso era algo que el cielo estaba haciendo muy bien. No me sentí triste, me sentí enojada de que tus advertencias fueran ciertas, el bosque del Oeste trae tormentas y tragedias. Quizás yo también sea una tormenta. Pero la de hoy, el diluvio de hoy no permitirá que el pantano se seque algún día.

          No moví tu cadáver por respeto a ti, pertenecías a este lugar, a este estanque, tu vida fue entre dos colinas. Tomé algunas cosas que todavía no estaban arruinadas por la humedad. Algunos ropajes, cobijas y una lámpara de aceite. Me dispuse a ir al Bosque del Oeste, quizás solo atraiga tormentas, pero, soy parte de ese bosque y el bosque es parte de mí.

          Cayó la noche y la lluvia se fue. Mi experiencia en el exterior hizo que aprendiera a crear refugios con lo que tuviera a la mano, no fue la excepción. Encontré un lugar donde la humedad era aceptable. Me cubrí con la ropa que había sacado de casa. Enseguida una hoja de papel viejo cayó con un texto que no parecía tu caligrafía. Al no tener quien me impidiera leerlo, lo acerqué a la luz y lo que encontré me hizo quedar inmóvil.

“Essex, Massachussets. 19 de noviembre de 1672.

          Querida Maria.

          Tu acusación no la encuentro seria y con un valor trascendental. El capitán Harris me relato lo sucedido aquella noche en el Bosque del Oeste.

          Al parecer, tu sedujiste a un hombre noble y bueno. En los parajes del poniente de Essex, lo hiciste caer en tentación, procreando a una pequeña niña.

          Te recuerdo Maria Black, que los hijos fuera del matrimonio son un pecado y debe ser castigado.

          Esta iglesia y el capitán Harris, estamos dispuestos a perdonarte si te detienes ahora con tus acusaciones.

          Tranquila hija, que Dios entiende la situación y te perdonará tu pecado.

Atentamente:

El párroco de Essex.”

          En ese momento, madre, entendí todo, entendí las tormentas que atrae el bosque que tanto quiero, entendí tu razón por no querer ser vista nunca más por el maldito pueblo de Essex. Grité, grité con tanta rabia. Con tanto enojo y desesperación, maldecí a todos y cada uno de los seres de este planeta.

          En algún momento de la noche, me quedé dormida. Me desperté agitadamente gracias a que no podía respirar, un extraño ruido, que no se detenía me aturdió. Me zumbaban los oídos hasta el dolor. Me retorcía del pánico y del sufrimiento.

          Cuando logré sentarme el pitido estruendoso desapareció, abrí mis ojos y… Habías salido de casa, mamá...

-II-

La taberna de la Calle Agatha

GREGORY

          -Agg. Malditas goteras. ¡Cada día tengo que poner más cubetas para juntar lo que cae del techo! ¡Esto no puede seguir así! La humedad me ha hecho cambiar seis veces las tablas de este lugar en menos de 3 años. Carajo. – Se quejaba una voz gangosa y amable, de hecho solitaria en medio de una taberna en el centro de Essex.

          Vaya día, las tormentas de este lugar cada día son peores. Creo que hace no mucho me enteré sobre que en ciertos lugares el agua ya hasta rodea algunas casas. ¡Estas lluvias no dan tregua! Ni siquiera las goteras. Si tan solo me dejarán tener clientes. Siempre que llueve los clientes dejan de venir por miedo a mojarse y como siempre llueve… Nunca tengo clientes.

          Ha decir verdad, tengo sólo un cliente. Ese hombre, le agradezco que siempre me visité, pero, ingerir tanta bebida le hará mal. Mi intuición nunca ha fallado en estos 54 años de vida y se que si ese hombre no se detiene, vivirá menos que yo. Perdóname, Dios, no debo quejarme de tener clientes, al contrario, debo agradecerlo.

          Este lugar es tranquilo, aún con las lluvias, en Essex no pasa nada, nada es relevante. La misma gente se encarga de no destacar. Todos tratan de no sobresalir, excepto él. Carajo, mi único cliente es el hombre más importante de Essex. Hablando sobre él… Algo me dice que está cerca de entrar.

          -Buenas noches, Nicholas, ¿Vas a querer lo mismo de siempre? – Cuestionaba Gregory, el dueño de la taberna de la Calle Agatha como respuesta al rechinar de la vieja puerta tallada y la entrada de un sujeto al negocio.

          Enseguida, un hombre alto, rubio y con cabello medio crecido, vestido de militar, camino de forma arrastrada y cansada hacia la barra de la taberna. Mientras la duela del piso crujía con su caminar, la luz tenue del lugar ilumino su rostro, dejando ver a un varón de mediana edad cansado y hastiado de una jornada normal en el pueblo de Essex.

          El hombre siempre pedía lo mismo. Tres tarros de cerveza, nada más y nada menos. Siempre viene pasando las diez horas de la noche, muy tarde, inclusive para mí. Cuando sale de la tienda aprovecho para cerrar e irme a casa, no hay nada que me guste más que llegar a mi hogar con al menos algo de dinero, me hace sentir que tuve un día productivo.

          Nicholas era un hombre cálido, amable para todos en este pueblo. Yo también creo que es amable, pero siento que es de ese tipo de personas que esconden mucho. Solo Dios y él sabrán que ocultan, sea lo que sea, me sospecho que no es nada natural ni normal.

          Aun así, en todas las veces que él viene aquí inicia una conversación. Debo reconocer que es algo manipulador, en diversas ocasiones me he encontrado hablándole de mi familia o de mi mujer, todo sin darme cuenta del momento en que mis seres queridos empezaron a ser el tema central del diálogo.

          Sólo que hoy fue distinto, inclusive, la mirada cálida y agradable de ese Nicholas hoy no se podía encontrar, parecía apagada. Como si hubiera usado toda su fuerza y estuviera tratando de mantenerse despierto de una u otra forma.

          No aguanto más este silencio, ¿De qué hablaré? ¿Será oportuno? Carajo, no lo sé…

          -Hoy llovió más fuerte que todas las veces. ¿Cierto, Nicholas? – le cuestioné para incitarlo a pronunciar cualquier cosa.

          -Sí… - por primera vez la voz de Nicholas era apagada y apática.

¿Sólo un “Sí”? Este tipo está pasando por una situación muy complicada.

          -¿No ha habido llamados de parte de la división está temporada? – Lo volví a intentar y falle. Ninguna respuesta. Es extraordinario que el capitán de Essex hablé tan poco.

          La última temporada en que Nicholas Harris se limitó a comunicarse tanto fue en aquel invierno de 1672, se rumoreaba que tuvo un amorío con Maria Black que terminó en tragedia. Recuerdo que el ejército le dio una baja temporal y se refugió en su casa sin visitas de nadie.

          También Maria, sólo que el retiro de ella duró hasta la fecha. Nadie sabe mucho de ella, al pueblo no le interesa, lo único de lo que estoy seguro es que siempre está en aquella casa alejada de todos.

Mierda. Si quiero que este hombre hablé tendré que tocar un tema sensible, creo que es buena idea.

          -¿Has sabido algo de la hija de Maria. Swamp. Creo que es su nombre. El pueblo rumorea mucho sobre la joven? – Este es mi último recurso, si no habla ahora no intentaré más.

          Cuando volteé a ver su rostro, Nicholas Harris se había ido, la había cagado. ¡CARAJO! Mí único cliente y me atrevo a tratarlo de esa manera.

          Todavía puedo alcanzarlo, creo. Salgo corriendo, atravieso la barra y… ¡SANTO DIOS! ¿¡Quién dejó esta cubeta aquí?! Rápido, si me levanto ahora si podré pedirle perdón.

          Me levanto como puedo y salgo, busco a Nicholas viendo hacia la ruta a su casa y nada… Solo niebla, niebla fría y densa. Volteo a lado contrario por azar del destino.

          ¿Nicholas? Porque caminas hacia las colinas del norte, me temo que para allá no es tu hogar, tonto.

          Escalofríos, ugh. Nunca siento escalofríos por frío. Solo los siento cuando. Claro, Nicholas esconde algo, algo muy grande. Me temo que no podrá ocultarlo mucho tiempo.

          Regrese adentro, era hora de cerrar la taberna. Nicholas podrá haberse enojado, pero, dejo su paga en la barra. Integra, ni un penique menos. Me hace sentir más vergüenza haberlo acorralado de ese modo. Perdóname, Dios, no sabía lo que estaba pensando.

          Llegué a casa, estaba cerca de la calle Agatha, a unas cuantas cuadras de la taberna. Guarde el dinero en el buro que está a lado de mi cama, apague las velas. Le di un beso a mi esposa en la frente. De pronto, un olor a humedad, más fuerte que el cotidiano llegó a mi nariz. Acompañando a esa fragancia incómoda, llego el aroma a agua estancada.

          Un viento frío abrió la ventana. MIERDA, CARAJO, MIERDA. ¿QUÉ RAYOS ES ESO? ¿QUIÉN MIERDA ERES? VETE. VETE.

          Una sombra que no tenía un rostro definido. N o tenía cara pero sonreía. No tenía vida pero respiraba. No era nadie pero se parecía a… ¿Maria?